Aquí no se miente: el blog de Carlos González Palacios

Ciudadano peruano.
Licenciado en derecho por la Universidad de Nantes-Francia, Mágister en Derechos Humanos y Educación para la Paz por la Universidad Nacional de Costa Rica y Master en derecho humanitario por la Universidad de Evry. Estudiante de doctorado de la Universidad de Paris X, es presidente de EDUCANDES (Asociación para la Ayuda a la Educación en los Paises Andinos); y gestor, desde el ano 2003, de proyectos para desarrollar el ocio de personas con discapacidad mental.

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La desilusión del sistema peruano por parte del distrito de Amantaní (Lago Titicaca)

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    El literato peruano Emilio Romero, oriundo de la zona sur andina, ha descrito muy bien la situación vivida hace más de ocho décadas por los amantaneños cuando llegaban a establecer relaciones comerciales (compra y venta) con los pobladores de la ciudad de Puno (que a pesar de estar a solo tres horas en lancha, ya se había occidentalizado al modelo limeño):

 

 - “Indio animal, esto es para el Comandante!

Le decía un soldado a un (amantaneño), quitándole una canasta de huevos

 - Ladronzazo! Conténtate con cuatro reales por esta talega de quesos o te mando preso!

Chillaba una ckatera (puneña comerciante)

(…) Los policías les pedían (a los amantaneños) libretas de Conscripción Vial, de Registro Electoral, de Servicio Militar, Carnet de Ocupación, Certificado de Vacuna y de asistencia escolar. (…) cuando se habían cansado de llevar gente al cuartel, les daban de varazos y los dejaban libres”.

(Romero: 1928: 12)

 

Observemos aquí los adjetivos con los que militares o civiles puneños califican a los isleños, se les trata de “animales” o “ladronazos”, se les amenaza con aplicarles la privación de libertad: “o te mando preso”. Pero, en ciertas ocasiones la violencia no es puramente oral y se añade una violación física de los derechos civiles y políticos de los amantaneños cuando se les roba “(un soldado le quita) una canasta de huevos”, o cuando se les priva de la libertad “llevar gente al cuartel” e incluso golpeándolos “les daban de varazos”.

 

Sin embargo a pesar de esto, las relaciones comerciales continúan entre estos grupos sociales hasta la actualidad, quizá por cuestiones de necesidad de tener que intercambiar (por la compra venta y no por el trueque) productos que no existen en las islas y de las cuales ellos dependen[1] por cuestiones culturales (hoja de coca por ejemplo) o de primera necesidad (medicamentos, frutas, etc.).

 

Esto significa una obligación de seguir relacionándose con las tierras occidentalizadas pero no sin resentimiento contra los “mistis” (criollos) “cochinos” o “malditos” (Romero: 1928: 13). Ahora bien, aunque estos sentimientos se exterioricen a veces o no, lo interesante para la comprensión del derecho amantaneño está en la percepción que el poblador insular pueda tener con respecto al sistema exterior y a las barreras que haya podido crear en su comunidad para defenderse de una dominación en sus propias tierras.

 

Así, es lógico imaginar que un grupo de individuos no puede amar a un grupo social, ni a un sistema que los violente directamente aplicando el insulto y el golpe, o que los violente estructuralmente[2] a través de la represión en este caso. Además se puede incluso pensar que existe un justo rechazo de estas acciones violentas que van en contra del desarrollo de las potencialidades de la comunidad y del individuo.

 

Por ello, se puede interpretar de esta situación, un eventual rechazo contra el modelo blanco (colonial español) y criollo (semi-colonial peruano-urbano), lo cual implica la autodefensa (en la medida de lo posible) de la comunidad insular con respecto a estos modelos violentos. Ello se tradujo probablemente en el mantenimiento de sus autoridades consuetudinarias durante mucho tiempo, convirtiéndolas en autoridades alternativas a las que la organización estatal imponía. Pero también, manteniendo el sistema comunitario de usufructuo de los bienes naturales de sus islas y de su lago (como el ichu, la pesca, las tierras, etc.), como siempre se mantuvo cuando las tierras pertenecían en partes iguales a cada unidad familiar y según quien las necesitara.

 

Por consiguiente, si esto se mantuvo, se puede inferir que se rechazó el modelo de progreso individual o individualista que ya había triunfado en Puno o en Capachica[3] donde se aplicaba la violencia estructural contra los isleños por considerarlos semi-salvajes o no occidentales (Gascón: 1994: 211) como estos andinos amestizados estaban logrando convertirse abandonando sus ritos, su economía comunitaria y retributiva, etc.

 

Ahora bien, se puede alegar que esto forma parte del pasado y que en tiempos más contemporáneos Amantaní también ha cedido completamente al modelo occidental, sin embargo, esto no es cierto. En ese sentido, observemos que el distrito de Amantaní esta compuesto solo de islas, a más de tres horas por vía lacustre (en lancha a motor simple) de Puno el gran centro urbano del poder (jurídico, económico, etc.) occidentalizado. Por ello, las comunicaciones entre el polo emisor del modelo occidentalizado y las tierras amantaneñas son muy complicadas y no favorecen la expansión de la occidentalización de la economía, de las costumbres, del derecho, etc.

 

Es muy probable que ésta haya sido la razón por la cual se conservan aún algunas de estas costumbres ancestrales que ya en Puno o Capachica son desconocidas. Así por ejemplo, cuando en Amantaní el día del matrimonio de una pareja toda la comunidad empieza a construir la casa de la nueva familia[4], en Puno se contrata a gente para construirla. Cuando en Amantaní, se usan aún materiales autóctonos para la construcción la casa, en Puno (desde las afueras de la ciudad) imperan las construcciones de ladrillo y cemento.

 

No obstante esta observación sobre el ejemplo de las costumbres de construcción, es más pertinente analizar el caso reciente de la protección del recurso“turismo” contra las injerencias o inversiones exteriores. En este sentido, cuando los transportes evolucionaron y se comenzó a explotar el recurso del turismo, ninguna de las islas recurrió a la construcción de hotel alguno[5], ya que el recurso es común y por ende las familias en teoría deben de alimentar y hospedar en sus casas a los foráneos que deseen quedarse en las islas.

 

Pero, en el caso del transporte, a finales de los años ochentas algunas empresas puneñas empezaron a desestabilizar el negocio que desde siempre había sido amantaneño (no del distrito sino de la isla) y ponían en riesgo el comunitarismo (término usado en Amantaní) que reparte la riqueza generada por el hospedaje entre las familias que albergan, hacía un libre mercado que provocaría disputas entre los amantaneños por albergar; competencias para proponer los mejores precios (lo cual pauperiza la economía local para enriquecer la economía turística puneña); y hasta un posible regreso al compadrazgo feudal. Por ello, era necesario establecer un “contraataque” de derecho, para que de forma legal se pueda desplazar a las empresas y seguir con el funcionamiento comunitario. La idea era constituirse ellos también en una empresa para que a través de esa personalidad jurídica se pueda adquirir el monopolio de la ruta Puno-Amantaní.

 

Todos estos conceptos, eran muy probablemente incomprensibles para lancheros sin formación universitaria o secundaria, además de verse enfrentados a los intereses personales de las autoridades de Puno y a las amenazas de las agencias de viaje puneñas que no querían perder la ruta, hacían que el camino fuera difícil, sin embargo, como cuenta Jorge Gascón, bajo el auspicio de la institución turística estatal Foptur y de un representante de los lancheros de nombre Manuel, se logró llegar hasta Lima, negociar, constituir la denominada Empresa Turística y ganar la ruta.

Es de señalar la ingenuidad mercantilista del indígena por haber ejercido una actividad lucrativa y atractiva económicamente sin constituirse en empresa, y tal vez por ello se pueda determinar que no se desea generar gran riqueza con tal actividad, sino mas bien que se quiere explotar un recurso (el turismo) como otros que se habían explotado desde siempre sin pedir permiso a nadie (el ichu, la tierra, los peces, etc.)

 

Así, la situación que vivieron los lancheros, lejana en el tiempo con respecto a las humillaciones que vivían los amantaneños en Puno hace ocho décadas, no es distante en la forma. Ya que, con el mismo desprecio que los militares o comerciantes trataban al artesano amantaneño en los años veinte, las autoridades puneñas despreciaron, hace un par de decenios, los pedidos de los lancheros de Amantaní.

Estas dos situaciones, entre tantas otras en el mismo sentido, generaron un sentimiento de distanciamiento o de decepción de un modelo que se veía desde Occidente como todopoderoso pero que en las islas de lago Titicaca no prosperó, como en otras localidades del Perú, porque aquí mostró su carácter violento-represivo del tal manera que el aislamiento, que otorgaba su particular geografía, les permitió distanciarse de tal modelo.

(Extracto del Cápitulo IV de la tesis de Master de Carlos González Palacios presentada en Costa Rica - Septiembre 2008)

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[1] - No, (en Amantaní)no hay hoja de coca, se trae

¿De donde?

- De Selva

¿Y ustedes intercambian productos?

- No

Ustedes compran…

- Si nosotros compramos

¿Cuanto cuesta la coca por ejemplo?

- La libra está a diez soles (tres dólares)

¿Ustedes tienen que ir hasta allá para comprarla o ellos vienen?

- No en Puno, traen acá… a veces también traen acá

Testimonio 7: Marlene – Comunidad Santa Rosa, Amantaní

[2] Véase la definición del concepto y los tipos de violencia estructural delimitados por el irenólogo J. Galtung, en los artículos de este blog (ayudese de la barra buscadora situada en la página principal del blog).

 

[3] Ya hemos visto que Puno aplicaba comportamientos violentos contra los isleños, pero de Capachica (ciudad en el margen del lago y antigua capital de Amantaní) se puede decir incluso que esto llegaba al racismo por la marcada diferencia étnica que existe entre mestizos e indios que eran vistos como enemigos: “la Policia es un amparo efectivo para ricos y pobres y mas que todo para impedir el instinto criminal de nuestros indígenas de parcialidades que son todavía semi-salvajes, que acuden al robo y al crimen”

José Andrade Guillen, Alcalde de Capachica en 1952

Diario puneño Los Andes 23/08/52 (Gascón: 1994: 211)

[4]- ¿Y como hacen para construir la casa?

- Estamos (en reunión) hartos hacemos casa

- Cuando se casan…

- Si

- ¿En que material es esto (toco el muro de la cocina) madera?

- No madera (…) tierra… Ichu (paja gruesa que brota en el lago Titicaca), con ichu estamos haciendo (me muestra)…

- ¿Cuánto tiempo demora en construir?

- Primero hacemos el adobe, casi tres días, cuatro días, se secan estamos haciendo dos días, tres días…

Testimonio 6: Luisa, Comunidad Santa Rosa - Amantaní

[5] El autor Jorge Gascón cuenta que en 1994 un cuzqueño se instaló en Amantaní construyendo un hospicio para niños, sin embargo las autoridades comenzaron a sospechar que el inmueble era un hotel y la obra se paralizó hasta que se averiguara si era o no un hotel. (Gascon: 1994: 57)

Otro ejemplo que respalda ésta postura es este testimonio reciente:

- ¿Y desarrollo turístico de hoteles, la gente está de acuerdo?

- No, la gente no acepta (…) por eso nosotros en cada salida tenemos hospedaje, nosotros no necesitamos hoteles.

Entrevista al Señor Gobernador de Amantaní (2008)

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