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Realidad y derechos humanos

Lima la Consumista, Lima la Castigada

Lima la Consumista, Lima la Castigada

En un rincón de Sudamérica, existe una ciudad muy grande que fue creciendo cada vez más y más, en la época de mi abuelo eran solo doscientos cincuenta mil, cuando mi madre nació pasaban con las justas el millón, y cuando me dieron a luz me añadí a la larga cuenta de los más de cuatro millones que habitábamos Lima.
En ese sentido, no es un secreto que a ciudad grande problemas grandes, basta con conocer algún poblado del interior del Perú o haberse paseado por algún pueblo en el extranjero para darse cuenta que Lima es una mole de diversidad de atracciones pero también una masa de peligros y un gigantesco muladar de todo lo que esas atracciones generan como basura. Eso último es lo que refleja nuestro consumo…. Ocho millones consumiendo, e incluso, consumiendo exacerbadamente.
Así, cada nueva marca que llega, cada nueva tienda que se instala, es aplaudida por la comunidad limeña como un festín hacia el consumo: ¡el jolgorio de gastar y poseer!
Muchas veces no llego a entender a mi querida ciudad natal, la que me vio caminar por un parque que ahora es un centro comercial, o donde de niño compraba mis dulces en un mercado de antaño hoy transformado en supermercado en donde se encuentra desde un mero Kiwi hasta un finísimo cognac francés. No comprendo como es que hemos llegado a destruir nuestra ciudad para dar paso al consumo (progreso lo llaman algunos). Y no es que esté en contra de que un parque se transforme en centro comercial: ¿Pero ahora en donde van a jugar mis hijos? ¿En el césped húmedo de la Lima gris o en un fast food con luces halógenas? Yo hubiera preferido el césped, pero ya ni siquiera podemos elegir… el “progreso” se hace si o si.

Así pues después de más de cinco años de no haber visitado mi distrito de Barranco (al sur de Lima) regresé al Perú para reencontrarme con las raíces de mi infancia pero solo vi a la aplanadora del consumo destruirlo todo. Pensé encontrar al viejito del mercado que vendía condimentos, pero quien diablos sabrá ahora de él, si es que un Metro (cadena de supermercados) se ha impuesto para dar más trabajo a los peruanos me dijeron. Ningún argumento mío pudo contra los que mis familiares y allegados tuvieron a favor del supermercado… eso hasta que Metro fue vendido con su cadena de supermercados a capitales chilenos por 500 millones de dólares. Y allí, más que litigio entre nostros hubo espanto de parte de algunos: y es que los peruanos somos muy patriotas. A veces digo que somos nacionalistas, pero eso sería asemejarnos a ideas hitlerianas, cosa que aún no es cierto (y espero que no lo sea). Lo cierto es que mi mercadito de barrio pasó a convertirse en un engranaje más de una enorme transnacional.

Ahora bien, en cuanto al consumo, "quién puede gastar que gaste si quiere", no faltaba más… Pero tengamos en cuenta pues que nuestra libertad de gastar a veces puede ir en contra de las libertades y derechos de otros como la libertad de vivir en un espacio limpio o el derecho a poseer todos agua. Esto sin embargo, no lo entienden algunos soberbios quienes piensan que con la plata todo se puede, incluso violentando los recursos.

Así pues, amigo lector, si usted algún día va a Lima y compra una botella de soda en un almacén, le van a dar una bolsa. Si usted compra una sandía, le van a empacar la fruta en una bolsa con etiqueta, y luego en la caja se la pondrán en otra bolsa, o en dos bolsas, para que el asa de éstas resista mejor… resultado: tres bolsas para una fruta que bien puede transportarse a la mano.

Una historia más bella aún, para prevenir a todo aquel que desee invertir inmobiliariamente en Lima: resulta que allá los pobres no tienen agua corriente (eso pasa hasta en las mejores familias) y los ricos tienen agua 24 horas del día. Pero en lugar de contentarse con la suerte que tienen estos últimos y racionar el agua por cultura. Cientos de miles, riegan sus jardines con agua potable y millones orinan en el agua potable del retrete… ¡Que privilegio de realeza! Me diría un habitante del Sahara, pero es una realidad cotidiana en la Lima de las contradicciones. ¿Porqué contradicciones? Bueno, eso se explica justamente por el hecho de que en esa gran ciudad pronto escasearán los recursos hídricos (los glaciales andinos se están consumiendo aceleradamente por le calentamiento global) y así no solo nunca se llegará a cubrir con agua a los pobres, sino que además por el despilfarro se pagarán las consecuencias de una escasez (hasta para los ricos) dentro de unos años. La igualdad tarda, pero llega diría un entrañable amigo mío.

El gobierno por su parte, no hace nada para prevenir esta situación y se espera seguramente (como siempre) la última hora, estar de sed y sucios malolientes para aprobar presupuesto o pedir creditos para traer agua de otras fuentes hídricas, desalinizar agua de mar o crear un plan estructural de educación sobre la importancia del ahorro de agua. Sin embargo, esto de la educación no es posible en una sociedad donde el consumo es rey de reyes ya que sería incompatible decirle a los niños o a la gente: “¡gástese el dinero que pueda en nuestros centros comerciales pero eso si, no gaste mucha agua!” ¿Bajo que pretexto, se puede hacer que una persona sea consumista para algunas cosas y para otras no? Por esa razón es que el consumo que tanta chamba (trabajo) trae también conlleva a peligros colaterales. Invisibles al comienzo del festín, pero duros de pagar cuando llega el turno de pasar a “la caja”.

No obstante en Lima, se vive aún el Síndrome del Adormecido Comilón de Migajas. Que se da cuando luego de un cambio brusco (en este caso el triunfo del neoliberalismo desmedido en los años noventa). Así, los patriarcas económicos alimentan al pueblo con las migajas generadas por el sistema (empleos de pacotilla y sueldos altos para el Perú pero ridículos con respecto a lo que ganan los mismos empleados en otros países). El pobre comilón de migajas entonces solo pretende a comer más migajas, porque solo eso conoce, alaba al sistema que lo mantiene de parásito a espaldas del mastodonte neoliberal. Prensa, publicidad y sistema laboral precario le harán entender a la masa que no existe otro modo de vida, que cambiar significaría irritar a los patriarcas que generan las migajas y por ende volver al pasado de pobreza. Entonces, asustado, convencido e ignorante, el comilón de migajas nunca pretenderá al gran biscocho que genera dichas migajas.

Así, miles de comilones de migajas limeños, atontados con el falso lustre del pretendido avance del Perú, ignoran también que mientras más bolsas plásticas consuman, más están acelerando el calentamiento global y provocando directamente el deshielo de la cordillera de los Andes y la futura falta de agua en Lima. Que regando el campo de Golf o la jardinera de la casa con agua potable están vaciando las reservas que supuestamente tendrían que calmar nuestra sed en el futuro.

Un triste panorama muy real de una ciudad que amo y espero no ver castigada y recordada como Sodoma y Gomorra por ser la ciudad del consuma y agote.

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